Ensayo del pato donald
Ensayo: Pato Donald
Introducción
El
libro Para leer al Pato Donald (1971), de Armand Mattelart y Ariel Dorfman,
publicado en la época del gobierno de la Unidad Popular en Chile, se ha vuelto
un modelo fundamental para el estudio crítico de la cultura popular en América
Latina. El texto, en lugar de ser una simple lectura académica sobre cómics
infantiles, sugiere una profunda desarticulación del universo Disney como un
aparato ideológico que ha influido la imaginación colectiva desde la infancia.
Los autores muestran que las historietas en las que aparecen personajes como
Tío Rico, Mickey y Donald no solo divierten, sino que también propagan valores
de tipo capitalista, colonial, sexista y autoritario bajo un semblante de
inocencia narrativa.
Dorfman
y Mattelart examinan cómo, desde una óptica estructuralista y marxista, el
contexto de Patolandia opera como un sistema simbólico que hace parecer natural
el orden social predominante. Una pedagogía ideológica encubierta se compone de
los siguientes componentes: la sexualidad reprimida, la falta de figuras
parentales, una estructura familiar que no funciona correctamente, el rol
subordinado de las mujeres y la representación estereotipada de culturas ajenas
a Occidente. Según los autores, Disney no solo crea universos mágicos; también
establece mentalidades, patrones de consumo y modos de obediencia que se
implantan desde la niñez.
Disney
como industria cultural y aparato ideológico transnacional
Los
escritores subrayan que Disney no debe ser concebido únicamente como un
proveedor de entretenimiento, sino también como una potente industria cultural
que ha conseguido integrarse en la vida diaria de millones de individuos. La
compañía ha creado, mediante películas, revistas, productos y personajes
emblemáticos, un universo que va más allá de las fronteras y tiene un impacto
en la manera de percibir el mundo. Esto ha dado lugar a una visión que parece
neutral, pero está impregnada de ideología.
Dorfman
y Mattelart señalan que Disney es más que una compañía de entretenimiento; se
trata de un auténtico mecanismo ideológico que funciona a nivel mundial. Sus
productos, que se distribuyen ampliamente por América Latina, actúan como
instrumentos de colonización simbólica. Las películas, las historietas y los
productos no simplemente divierten: también conforman subjetividades,
normalizan el orden social y fomentan una perspectiva del mundo enfocada en la
obediencia, la exclusión de lo político y el consumo. Los autores sostienen que
"Disney ha democratizado a la audiencia, pero ha utilizado las
soluciones", lo cual quiere decir que brinda contenidos al alcance de
todos, pero esconde o restringe la oportunidad de considerar otras opciones
políticas y sociales diferentes a la predominante.
La
familia disfuncional: tíos sin padres, sobrinos sin historia
Una
de las conclusiones más sorprendentes del estudio de Mattelart y Dorfman es que
en las historietas de Disney no aparecen los padres ni las madres con
regularidad. Los personajes principales –Mickey, Donald y el Tío Rico– no son
padres, sino tíos, y sus lazos familiares se dan con sobrinos y primos, no con
hijos propios. Esta genealogía truncada desmantela la idea de familia
tradicional y suprime el conflicto entre generaciones, lo que imposibilita el
desarrollo de los personajes.
Los
sobrinos, como Luis, Paco y Hugo, se muestran obedientes y útiles, pero no
desafiantes. El tío es una figura que ejerce autoridad de manera arbitraria,
sin tener legitimidad biológica ni responsabilidad emocional, y establece
reglas sin permitir la crítica. Dado que no hay ni madres ni padres, no hay
tampoco nacimiento ni muerte; esto congela el tiempo narrativo y elimina
cualquier oportunidad de cambio o transformación social. Así, la estructura
familiar de Disney refleja y normaliza una sociedad en la que la sumisión y la
obediencia se consideran normales.
Sexualidad
reprimida y mujer como objeto
La
sexualidad se presenta de manera conservadora en el universo Disney, sobre todo
en lo que concierne al papel de la mujer, según Mattelart y Dorfman. El amor
que existe entre personajes como Donald y Daisy es platónico, sin contacto
físico o afecto genuino. El deseo, a pesar de insinuarse, no se manifiesta
abiertamente, lo que provoca una tensión constante y una frustración emocional
sin solución. Las mujeres son representadas como seres pasivos, hermosos y
ornamentales, cuya función es solamente ser cortejados. No poseen independencia
ni voz propia. En cambio, las que demuestran poder o autonomía, como la bruja
Amelia, son representadas como peligrosas, lo cual refuerza la noción de que
para ser aceptada la mujer tiene que ser obediente.
Esta
narración enseña a los niños a desear sin entender el cariño y a ver a la mujer
como un objeto subordinado. Disney, con un aspecto inocente, conforma una
perspectiva del mundo en la que el deseo es reprimido y la inequidad de género se
hace natural desde la niñez.
La
mujer como objeto pasivo
Los
personajes femeninos tradicionales de Disney, como Minnie Mouse y Daisy Duck,
encarnan un modelo de feminidad que está estereotipado y es restringido dentro
del universo narrativo de la compañía. Ambas son representadas como mujeres
hermosas, coquetas, tiernas y que dependen emocionalmente de los personajes
hombres principales. No poseen voz propia, objetivos personales ni autonomía en
cuanto a sus emociones. Su papel narrativo se limita a ser cortejadas,
admiradas o disputadas, pero nunca a tomar decisiones de manera autónoma.
Daisy,
por ejemplo, se muestra siempre como la enamorada perpetua de Donald, pero no
como una mujer con sus propios anhelos. Incluso cuando se enfrenta a él, lo
hace con la crítica caprichosa, sin poder real para cambiar las circunstancias.
Su rol está subordinado al humor y la frustración del personaje principal
masculino, actuando como un aditamento emocional en lugar de ser un personaje
con profundidad. Esta representación respalda el concepto de que la mujer está
hecha para ser deseada, no para desear. No toma la delantera, no cambia su
alrededor y no se le permite manifestar afecto de manera activa. La feminidad
está caracterizada en este esquema por la dependencia emocional, la belleza y
la pasividad.
Asimismo,
la narración descarta totalmente la posibilidad de que estas mujeres estén
vinculadas entre sí. No existe la complicidad, la amistad entre mujeres ni la
sororidad. Cada mujer está sola, y su identidad es determinada solamente por su
vínculo con los hombres. La falta de redes femeninas apoya el concepto de que
la identidad femenina solo puede ser creada en relación al hombre.
Dorfman
y Mattelart alertan que este patrón no es fortuito, sino que forma parte de un
sistema ideológico que da forma a la imaginación de los niños. Desde una edad
temprana, se enseña que ser femenina está relacionado con estar subordinada y
que cualquier intento de autonomía no es adecuado o es castigado al presentar a
la mujer como un objeto pasivo. Disney, con una apariencia inocente, promueve
valores que restringen la habilidad de concebir otros papeles para las mujeres
y perpetúan la desigualdad entre géneros.
La
demonización de la mujer autónoma.
En
el universo Disney, las mujeres que se apartan del rol tradicional sumiso,
decorativo y dependiente son representadas como figuras amenazantes. Dorfman y
Mattelart señalan que personajes como la bruja Amelia (Magica De Spell) o
Madame Mim encarnan mujeres con poder, inteligencia y autonomía, pero son retratadas
como feas, solitarias, codiciosas o malvadas. Su independencia no se celebra:
se castiga.
Esta
narración traza una línea estricta entre dos clases de mujeres: las
"buenas", que son dóciles, pasivas y hermosas; y las
"malas", que son disruptivas, ambiciosas y autónomas. No existe
espacio para mujeres con una personalidad compleja o matizada. La mujer que
toma decisiones de manera autónoma, sin estar sujeta a un hombre, es
transformada en malvada, lo que refuerza el concepto de que el poder de las mujeres
es peligroso o no deseado.
Asimismo,
el humor se emplea como medio para burlarse de estas personalidades. Su
conducta extravagante, su aspecto grotesco y sus gestos exagerados las hacen
objeto de burlas. Esta táctica evita que los niños se tomen en serio las cosas,
lo cual refuerza el mensaje de que la mujer que no sigue el patrón establecido
merece ser despreciada o vencida.
Desde
un punto de vista ideológico, esta demonización tiene una función clara:
desincentivar la autonomía de las mujeres desde su niñez. Las niñas aprenden
que ser independientes puede hacerlas parecer "malas" en la historia,
en tanto que los niños aprenden a desconfiar de las mujeres que no se conforman
con el modelo tradicional. De este modo, Disney ayuda a modelar subjetividades
que perpetúan la desigualdad de género bajo un disfraz de entretenimiento
inocente.
Ausencia
de maternidad, sororidad y afecto femenino
La
falta absoluta de maternidad en el universo Disney, según el análisis de
Dorfman y Mattelart, es un aspecto especialmente revelador. No hay madres,
embarazos ni lazos entre madre e hijo. Esta omisión elimina de raíz la
oportunidad de concebir la sexualidad femenina como algo que involucra acción,
creación y afecto. El cuerpo femenino queda neutralizado: no tiene la capacidad
de ser madre, ya que eso conllevaría aceptar su poder reproductivo y su deseo.
De
la misma manera, no hay complicidad ni sororidad entre las mujeres. Las escasas figuras femeninas surgen aisladas
y determinadas por su vínculo con los hombres.
No existe amistad entre mujeres, ni lazos de apoyo, ni relaciones
sentimentales entre ellas. Las mujeres
rivalizan por la atención de los hombres o desempeñan roles secundarios sin
vínculos solidarios. Por lo tanto, se
fortalece el pensamiento de que la identidad femenina solamente puede ser
formada por medio del hombre.
Un mundo sexual pero asexuado
La
sexualidad está presente en las historietas de Disney, pero no se manifiesta de
manera abierta. Los personajes se cortejan, experimentan celos y se enamoran,
pero el deseo nunca se materializa. El amor se vuelve un juego superficial,
lleno de insinuaciones y enredos cómicos que evitan cualquier contacto
emocional profundo: no hay besos, ni caricias, ni afecto verdadero.
Esta
represión no es fortuita. Mattelart y Dorfman indican que esta dinámica enseña
a los niños a querer sin entender el cariño, a cortejar sin ser íntimos y a
tolerar la frustración como un aspecto natural de la relación. El deseo se
transforma en el motor de la narración, pero su realización se frena, lo que
imposibilita que el niño descubra la transformación emocional, la reciprocidad
o el placer.
De
esta manera, Disney crea un universo en el que el amor existe, pero está vacío;
y en el que se censura la sexualidad con el propósito de conservar la moralidad
y prevenir cuestionamientos al sistema. Es un método pedagógico del deseo
insatisfecho que crea individuos obedientes y emocionalmente contenidos.
Implicaciones
ideológicas
De
acuerdo con Dorfman y Mattelart, el universo Disney es más que un mero
entretenimiento para niños; se trata de un sistema simbólico que, desde la niñez,
difunde principios ideológicos. La pasividad de las mujeres, la represión de la
sexualidad y una estructura familiar disfuncional no son detalles narrativos,
sino procesos que modelan cómo los niños perciben el mundo.
Se
enseña a aceptar la desigualdad como algo natural al ocultar el deseo y
presentar a la mujer como un objeto que está subordinado. Los niños aprenden a
obedecer, a competir y a consumir, pero no a cuestionar ni transformar. Las
historietas fomentan una perspectiva del mundo
Disney,
con un aspecto inocente, elimina lo político y transforma la fantasía en un
instrumento para la domesticación. Por lo tanto, la cultura popular se
convierte en un instrumento de control que fortalece el patriarcado, el
colonialismo y el capitalismo, conformando subjetividades que replican al
sistema dominante sin reconocer su arbitrariedad.
Más allá de Disney
El
modelo narrativo examinado por Mattelart y Dorfman no se restringe solamente a
las historietas de Patolandia, sino que se relaciona con un fenómeno cultural
de mayor envergadura: la industria cultural como mecanismo de normalización.
Disney, al mostrar la sexualidad de forma reprimida, a la mujer como un objeto
pasivo y las relaciones sociales como jerárquicas, no solo crea un mundo de entretenimiento,
sino que además influye en la imaginación colectiva de millones de niños y
niñas en todo el planeta. Estas narraciones, camufladas de inocencia, comunican
y añaden valores profundamente conservadores a la vida diaria de quienes las
ven. El "mundo mágico" no es imparcial: actúa como un ámbito de
educación ideológica en el que se enseña a acatar, admitir la frustración y
aceptar la subordinación de las mujeres y a percibir el orden establecido como
inevitable.
El
rol de la mujer en Disney
En
el universo Disney, la representación femenina está marcada por estereotipos
que refuerzan la subordinación de la mujer. Personajes como Daisy y Minnie son
retratadas como figuras pasivas, coquetas y dependientes del reconocimiento
masculino, sin proyectos propios ni autonomía. Su función narrativa se limita a
ser cortejadas, nunca cortejadoras, lo que refleja una sexualidad reprimida y
una identidad construida desde la dependencia.
Por
otro lado, las mujeres que muestran poder o independencia como la bruja Amelia
o Madame Mim son demonizadas, ridiculizadas o castigadas, lo que refuerza una
lógica binaria: las “buenas” son sumisas y decorativas; las “malas”, autónomas
y peligrosas. Además, no hay maternidad ni vínculos afectivos entre mujeres, lo
que elimina la posibilidad de sororidad o comunidad femenina.
Este
patrón narrativo transmite a la infancia una visión reducida de lo femenino,
donde cualquier intento de emancipación es censurado. Disney, bajo una
apariencia inocente, moldea imaginarios que perpetúan la desigualdad de género
y naturalizan la subordinación como parte del orden social.
Colonialismo
y representación del otro
Otro
aspecto central del análisis de Dorfman y Mattelart es la representación del
“otro” no occidental. En las historietas y películas clásicas, los pueblos
indígenas, africanos, asiáticos o latinoamericanos aparecen como ingenuos,
infantiles, irracionales o necesitados de guía.
Estos
estereotipos refuerzan una mirada colonialista que legitima la dominación
cultural y política de Occidente sobre el resto del mundo. Los personajes
“salvajes” o “exóticos” son simplificados, caricaturizados y privados de
agencia. Mientras tanto, los protagonistas occidentales Donald, Mickey o el Tío
Rico se presentan como portadores de civilización, orden y racionalidad.
Este
mecanismo simbólico reproduce la lógica imperialista: el otro es inferior,
dependiente y subordinado, mientras Occidente aparece como modelo universal a
seguir. Así, las historietas funcionan como un manual ideológico que naturaliza
la desigualdad entre pueblos y culturas.
Conclusión
Para comprender cómo la cultura popular puede
operar como un dispositivo de control ideológico, es fundamental leer "El
Pato Donald". Dorfman y Mattelart muestran que las historietas de Disney,
en lugar de ser inocentes, replican valores que fortalecen el capitalismo, el
patriarcado y el colonialismo. Enseñar a los niños a aceptar la obediencia, la
frustración y la desigualdad como algo natural del mundo se logra por medio de
tramas, personajes y estructuras familiares ficticias. Este ensayo ha revelado
que Disney no solo divierte, sino que también educa en términos simbólicos,
configura imaginaciones y legitima la estructura social predominante. Por lo
tanto, leer críticamente la cultura de masas continúa siendo esencial.
Preguntarnos acerca de lo que consumimos es el primer paso para cambiar aquello
que consideramos inevitable.

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